estonoesundiario

¡Adiós, Frankenstein!

Último diálogo del libro de Frankenstein. Esta parte me pone los pelos de punta…

-¿Que tal vez soñáis?- ha dicho el demonio-. ¿ Pensáis que no sentía angustia y remordimiento? Él no ha sufrido tanto la consumación de los hechos -ha continuado, señalando el cadáver- como yo, mil veces más que él, he sentido angustia durante los detalles lentos de la ejecución. Me empujaba un egoísmo espantoso, mientras mi corazón estaba en envenenado de arrepentimiento. ¿Pensáis que los gemidos de Clerval eran música para mis oídos? Mi corazón estaba hecho para ser susceptible al amor y la amabilidad y, cuando la desgracia me empujó a la miseria del odio y de la maldad, no pudo soportar la violencia del cambio sin una tortura que no podéis ni imaginar. Después del asesinato de Clerval, volví a Suiza con el corazón destrozado y vencido. Compadecía a Frankenstein y mi piedad era horrible: me odiaba a mi mismo. Pero cuando descubrí que el autor de mi existencia y de mis tormentos inexpresables osaba esperar la felicidad, que mientras acumulaba desgracias y desesperación sobre mi él esperaba gozar de unos sentimientos jocosos que a mi me estaban prohibidos para siempre, entonces una envidia impotente y la indignación más amarga me llenaron de una sed insaciable de venganza. Recordé, entonces, mi amenaza y decidí llevarla a cabo. Sabía que eso me comportaría una tortura mortal; pero yo era el esclavo, no el amo, de un impulso que detestaba, y a pesar de todo no podía desobedecer. ¡No obstante, cuando ella murió!… No, entonces no era un miserable, yo. Había sacado de mi todo sentimiento, había reprimido mucha angustia, y hacía acopio del exceso de mi desesperación. A partir de entonces, el mal se convirtió en mi bien. Apresado por eso, no tuve ninguna elección que hacer más que adaptar mi naturaleza a un elemento que yo había elegido voluntariamente. Llevar a cabo mi designio demoníaco se iba a convertir en una pasión insaciable. Ahora ya lo he hecho: ¡él ha sido mi última víctima!.
[…]

No busco compasión para mi miseria. Nunca la podré encontrar. Cuando la buscaba, al principio, quería participar en el amor por la virtud, en los sentimientos de felicidad y afecto que me desbordaban el corazón. Pero ahora que la virtud se ha convertido en sólo una sombra y que la felicidad y el afecto se han vuelto desesperación amarga y odiosa, ¿dónde puedo buscar simpatía? Estoy contento de sufrir solo mientras duren los tormentos. Y cuando me muera, estaré satisfecho de que el odio y la rabia se carguen en mi memoria. En un momento, mi imaginación fue asediada con sueños de virtud, de fama, de alegría. Esperé muchas veces encontrarme con seres que supiesen perdonar mi forma externa y me quisieran amar por las capacidades excelentes que era capaz de manifestar. Me nutría de altos pensamientos de honor y de devoción. Pero ahora el crimen me ha degradado por debajo del animal más insignificante. No hay culpa ni maldad, no hay miseria que se pueda comparar con la mía. Cuando recorro el catálogo espantoso de mis pecados, no puedo creer que sea la misma criatura los pensamientos de la cual un día estuvieron llenos de visiones sublimes y trascendentes de la belleza y la majestad del bien. Pero así es; el ángel caído se convierte en un diablo maligno. De todas formas, incluso este enemigo de Dios y del hombre tiene amigos y aliados en su desolación. Yo, en cambio, estoy solo. Vos, que os llamáis amigo de Frankenstein, parece que sabéis alguna cosa sobre mis crímenes y mis desventuras. Pero los detalles que él os haya podido dar no pueden sumar las horas y los meses de miseria que he soportado, alterado por pasiones impotentes; porque, mientras destruía las esperanzas, no satisfacía mis deseos, que siempre han sido ardientes e insaciables; todavía ahora deseo amor y compañía y siempre me he sentido menospreciado. ¿No es injusto, eso? ¿He de ser considerado el único criminal, cuando toda la humanidad ha pecado contra mi? ¿Por qué no odiáis a Félix, que alejó con injurias a su amigo? ¿Por qué no culpáis al campesino que intentó matar a quien había salvado a su hija? ¡No, estos son seres virtuosos e inmaculados! Yo, el miserable, el abandonado, soy un engendro que hay que menospreciar, que hay que abandonar y pisar. Incluso ahora me hierve la sangre cuando recuerdo esta injusticia  Es cierto, soy un desgraciado. He asesinado a gente encantadora e indefensa, he estrangulado al inocente mientras dormía, he extirpado su garganta que nunca me había injuriado, ni a mi ni a cualquier otra cosa viviente. He brindado a mi creador, un modelo selecto de todo lo que se merece amor y admiración entre los hombres, a la miseria; lo he perseguido hasta la ruina irremediable. Aquí descansa, blanco y frío por la muerte. Y vos me odiáis; pero vuestro odio no puede igualar el odio que siento por mi mismo. Miro las manos que han ejecutado la acción, pienso en el corazón donde se concibieron, y deseo que llegue el momento en el que mis ojos no tengan que ver nunca más estas manos, y que la imaginación no obsesione nunca más mis pensamientos. No temáis, que no seré el instrumento de ninguna maldad futura. Mi trabajo ha casi terminado. No es necesaria ni vuestra muerte ni la de ningún otro hombre para consumar la serie y, así, llevar a cabo lo que se ha de hacer. Sólo es necesaria la mía. No penséis que tardaré mucho en practicar el sacrificio. Dejaré vuestro barco y me iré con la balsa que me ha traído hasta aquí; buscaré la extremidad más al norte del globo. Me haré una pira funeraria y consumiré hasta las cenizas este cuerpo miserable, para que los desechos no proporcionen luz al curioso y desgraciado profano que quiera crear otro monstruo como yo. Moriré. No sentiré nunca más la agonía que ahora me consume ni seré presa de sentimientos insatisfechos e insaciables. Ha muerto el que me trajo a la vida; y cuando yo ya no esté, el recuerdo de ambos se desvanecerá rápidamente. No veré nunca más la luz del sol ni las estrellas, no sentiré el viento en mis mejillas. La luz, los sentimientos, la sensibilidad, desaparecerán; y, en estas condiciones, encontraré la felicidad. Hace unos cuantos años, cuando las imágenes que ofrece el mundo se abrieron delante de mi, cuando sentía aquel calor del verano, cuando sentí el murmullo de las hojas y el canto de los pájaros y todo eso era mío, entonces tendría que haber muerto. Ahora la muerte es el único consuelo que me queda. Estoy contaminado por crímenes, estoy roto por los remordimientos más amargos; ¿dónde puedo encontrar descanso si no es en la muerte? ¡Adiós! Os dejo, vos seréis el último ser humano que nunca vean estos ojos. ¡Adiós, Frankenstein! Si todavía estuvieses vivo, si todavía tuvieseis el deseo de vengarte de mi, mi vida te saciaría más que mi destrucción. Pero no es así; tu buscaste mi extinción para que no pudiese causar más desgracias; ahora, si de alguna manera desconocida por mi todavía no has dejado de pensar ni de sentir, no puedes desearme una venganza más grande que la que yo me deseo. Maldito como estabas, mi agonía es todavía superior a la tuya; porque el aguijón amargo del arrepentimiento no dejará de apuñalarme las heridas hasta que la muerte las cierre para siempre. Pero pronto moriré -gritó con entusiasmo triste y solemne. Moriré y no sentiré más lo que siento ahora. Muy pronto se extinguirán estas miserias ardientes. Subiré triunfalmente a la pira funeraria y exultaré en la agonía de las llamas torturadoras. La claridad de la conflagración desaparecerá y mis cenizas serán barridas dentro del mar por el viento. Mi espíritu dormirá en paz; pero si piensa, seguramente no pensará en eso. Adiós.
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